
A esta pintora paraiseña, se le veía todas las mañanas con escoba en manos sacudiendo el polvo, o barriendo las hojas que caían de los árboles sobre las aceras del parque, frente a su casa. Su aspecto de los últimos años ya no era el mismo de cuando la conocí: se desprendía de su cabellera mechones de nubes blancas que serpenteaban sobre su rostro añoso, y la mirada le sesgó, abismando al interior de una de sus acuarelas.
Aunque su vecindad era el parque, ella se aislaba del abigarrado rumor, tanto como logró escabullirse de la atmósfera del enrevesado Paraíso de hoy, que trocó la tranquilidad pueblerina de la primera mitad del siglo pasado, por la bulliciosa algarabía actual: estridentes bocinas de autobuses, pitoretas de autos y rugientes motores de camiones en espera de la luz verde del semáforo, pero derramando gases bencénicos y hollín. Los escolares inquietos aún cruzan a toda prisa la vía, ansiosas mujeres cargan bolsas del mercado y los niños guindan de sus brazos en espera del bus de Santiago, Turrialba, Tucurrique, el Yas, Cahí, ó Cervantes, amén de los vagabundos y chapulines que se adueñan a diario de la esquina diagonal a aquella casa; pero, la pintora a su vez se apropió de ellos al tenerlos como acérrimos personajes de sus pinturas.
"¡Dicen que yo pinto pintas! ¿Usted cree eso muchacho?", me preguntó hace algunos años sin reconocer en mí a uno de sus fervientes discípulos, y proseguía con su plática: "¿...Verdad que son ganas de hablar?"
Esta artista logró hacer emanar de sus acuarelas un contrapunto con lo burdo y lisonjero de las escenas esquineras y de sus personajes, el signo asido a la identidad de nuestras comunidades de la Costa Rica contemporánea. Pero la Margarita a sus ochenta y tantos años llegó a ser una margarita solitaria en un jardín sembrado de insonoridades: las palabras se las engulló para sí misma, absorta del tiempo y su languidez hasta los días en que nos dejó sumidos bajo el manto plomizo de nuestra propia tristeza cuando ella falleció; porque de tanto pintar… lo dijo todo: despintó y desdibujó nostalgias en un canto de silenciosa poesía.
En una pintura, en la manera de aplicar el color, y dar la pincelada, por la dirección del trazo y la fuerza que contenga, se revela tras ese tejido de transparencias el carácter de su creador. En la pintura de Margarita se percibe su decisión, su contundencia como persona emprendedora e intensa, en tiempos cuando hizo del arte su vida. En el Paraíso de nuestros ancestros se cernía otro signo identitario que nos caracterizó: el afirmado machismo. Los abuelos decían que las mujeres eran sólo para tener hijos y atender el hogar, ellas tenían que ser hábiles estrategas al tratar de convencer a las “cabezas duras” de sus padres para que las dejasen siquiera terminar la escuela primaria y, para Margarita, no fue la excepción. Incluso, que una mujer pretendiera dedicar su vida al arte era inconcebible en las mentes de nuestros ancestros.
Bajo la sombra de su árbol
Cuando yo era un chiquillo de edad escolar, solía acuclillarme en el césped a mirar la enramada del árbol de guachipelín que estaba en la esquina diagonal de la escuela, o ante el enorme higuerón frente a la Jefatura Política y otros árboles que rodeaban el perímetro de lo que fue la plaza de fútbol; ese era el Paraíso de mis y sus memorias. En una de esas esquinas, se ubicaba una casona amarilla forrada en latón repujado; alta, de techos muy inclinados. La casa abrigaba para mí un deseo incontenible de sumirme en su enigma. Desde afuera de la ventana se veía gran profusión de objetos: muebles, lámparas, floreros, adornos, plantas, cuadros con fotografías de imágenes familiares, pero sobre todo, subordinaba aquel escenario, unas pinturas de Margarita que lograban avivar mi sensibilidad. Adentro, en la primer estancia, en una mecedora que crujía como la clavija de una guitarra al afinar las cuerdas, se sentaba una señora que siempre tejía; yo la apreciaba alta, de cabellera blanca como la luna de octubre, y de un porte tan elegante como hermético. Una dama también sin palabras, tan sólo miraba a trasluz la imagen del chiquillo que desde fuera, llegaba todas las tardes a atisbar su interioridad. Dentro de mi estrecha comprensión infantil, entendí que, tras la coraza de su apariencia, se vertía la plenitud de una alma bondadosa: era Doña Gabina, la madre de la pintora. Me detenía a entrever por los cortinajes de las estancias de la vieja casona, hipnotizado por una luminosidad sugestiva que emergía desde sus adentros, hasta que una tarde, la "ancianaluna", me distinguió con un gesto afable y me convidó a entrar.

"Venga, niño", dijo conduciéndome por las estancias de la casona, que para mí, era como ingresar al templo donde guarecía de la intemperie una especie de armonía virgen, aún no expuesta a nadie. Al lado del corredor abierto a un exuberante jardín de helechos, orquídeas, bromelias y grandes begonias colgantes, se situaba el estudio de la pintora. Su madre me enseñaba cada cuadro explicando dónde habían sido realizado: la estación del Ferrocarril del Atlántico en San José (pintado en 1951), cuando su hija asistía al curso de acuarela con Margarita Bertheau y Francisco Amighetti en la Facultad de Bellas Artes. De un ropero de cedro oloroso a viejo, sacaba esculturas en yeso tan blancas como su cabellera, y me las mostraba con maternal entusiasmo.
Así visité aquella casa como en un gesto de fervor cotidiano, me asomaba por la ventana, y la dama me invitaba a entrar, para exponerme a su hija; pero yo, a ella, a Margarita la artista, no la conocí sino hasta muchos años después.
El follaje de mi árbol
Abismó el ayer desde aquellos años cuando descubrí la ventana de la casa de Margarita, mientras tanto, se desprendió del follaje de la memoria tantas hojas en cuyas haces dibujé mi niñez. Sentí el arribo a mi existencia de las purgas de un adolescente: las primeras escapadas para saciar las ansiedades juveniles; pero también las primeras lecturas del mundo que dejaban una especie de reverberación dentro de mí, escapes hacia una especie de libertad para conocer sin límites.
Descubrí que las visitas a la casa de mi maestra desconocida, habían calado hondo, proporcionaron una indumentaria apta para asimilar el significado de aquel enigma vivo entre las paredes de la casona. Era una luz que yo veía desde fuera en mi infancia, como una fuerza que la habitaba, un espíritu elocuente que se escondía para no ser avistado: tras las fotografías, debajo de los muebles, entre los cortinajes o tapetes se movía, a cada paso que yo daba cambiaba para no dejarse identificar; ese era el espíritu del arte que Margarita poseía solo para sí y, que al intuirlo, quise también apropiármelo. Hoy comprendo que no bastaba simplemente con adherirlo, que se necesita el transcurrir del tiempo y una alta dosis de deseo ferviente, de amor hacia él, porque de otra manera, ese espíritu creativo trasviste mimetizándose para no dejarse encontrar con facilidad.
En la primera ocasión que tuve de estar frente a la artista en persona, ya habían pasado muchos años de aquellas visitas en un lejano secreto para conocer su obra entre la "ancianaluna" y yo. Pero, a Margarita, la adivinaba, sabía de su carácter, de su ser intrínseco en su pincelada, en su manera de trazar, con un único gesto de crear y apoderarse del universo... Cuando la conocí, el Paraíso rural que mi maestra y yo conocimos daba muestras de entrar en un estilo de vida urbano, transformación creíble si se miran en retrospectiva, las obras más representativas de la pintora, cuando ella tejía su identidad a costa de rasgar, de despintar, de lavar los pigmentos bajo el chorro de agua, todo para sellar la prueba; para satisfacer ese espíritu creativo que la instigó a interpretar el tiempo que hoy ya no contempla desde el corredor de su casa, como lo hacía, ó cuando se sentaba en el parque viendo pasar a los transeúntes y tratar con ello de recordar: en qué lugar dejó olvidadas las llaves de su casa. Enero del 2002.